Por: Anisley Cordero González Primera Secretaria del Comité Provincial de la Unión de Jóvenes Comunistas en Cienfuegos, y Adriana López Samá Miembro del Buró Político e Ideológica del Comité Provincial de la Unión de Jóvenes Comunistas.
En las comunidades rurales de la provincia de Cienfuegos, una pregunta resuena con preocupación creciente en los hogares: ¿qué futuro laboral espera aquí a nuestros jóvenes? Lejos de ser un problema meramente económico, la crisis del empleo juvenil rural representa una encrucijada que amenaza la sostenibilidad demográfica, el tejido social y la identidad misma de estos asentamientos.
Como ilustra el caso de la comunidad Horquita, en el municipio de Abreus, los jóvenes se encuentran atrapados en una paradoja: un profundo apego a su tierra natal choca frontalmente con la ausencia de oportunidades para desarrollar un proyecto de vida digno y realizador.
Investigaciones recientes revelan que la problemática trasciende la falta de puestos de trabajo. Se trata de un fenómeno multidimensional donde convergen factores estructurales. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) han alertado sobre cómo los jóvenes rurales enfrentan sistemáticamente mayores barreras para acceder a empleos de calidad, una realidad que se agudiza en nuestro contexto.
Uno de los nudos más críticos es la desconexión entre la formación y las oportunidades locales.Los jóvenes rurales cienfuegueros acceden hoy a niveles educativos sin precedentes, pero el sistema educacional, según señalan investigaciones del Centro de Estudios de la Juventud, no siempre les proporciona las herramientas pertinentes para innovar y emprender en sus propias localidades. Se forman para economías y sectores que no existen en su territorio, generando frustración y un sentido de inutilidad del conocimiento adquirido.
Paralelamente, la brecha digital actúa como un muro infranqueable. En un mundo donde el acceso a Internet es sinónimo de acceso al conocimiento, a mercados y al teletrabajo, muchas de nuestras comunidades rurales carecen de conectividad confiable y asequible. Esta desconexión, como documenta la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (ETECSA) en sus informes provinciales, no solo los aísla de oportunidades laborales emergentes, sino que amplifica todas las demás desigualdades.
La situación se complejiza con persistentes inequidades de género. Las jóvenes rurales cargan, según diagnósticos participativos, con una desproporcionada responsabilidad en el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, lo que limita severamente su tiempo, movilidad y posibilidades de formación y empleo formal. Además, enfrentan estereotipos que restringen su participación a ciertos sectores considerados “femeninos”, tradicionalmente menos remunerados.
Este escenario alimenta un ciclo de migración forzada. Cuando las aspiraciones de autonomía, realización personal y progreso económico no encuentran cauce en el territorio, la salida se convierte en la única estrategia viable percibida. Investigadores de la Universidad de Cienfuegos, han documentado cómo esta fuga de capital humano joven y capacitado desangra a las comunidades, acelerando el envejecimiento poblacional y comprometiendo su futuro productivo.
Finalmente, subyace un problema de gobernanza y participación. Los jóvenes expresan, en consultas y entrevistas, una sensación generalizada de que sus voces son escuchadas en formales espacios de consulta, pero rara vez influyen en las decisiones concretas sobre inversiones, programas o políticas que afectan directamente su porvenir. Esta falta de agencia política profundiza el desencanto y la desconfianza en que el cambio sea posible desde dentro.
Tejiendo alternativas: rutas para un futuro con raíces
Frente a este panorama complejo, no bastan soluciones simples o recetas importadas. El camino, como sugiere la evidencia de experiencias piloto y el clamor de los propios jóvenes, requiere de estrategias integrales, participativas y profundamente contextualizadas.
La primera ruta pasa por impulsar un desarrollo económico endógeno y diversificado. Esto significa ir más allá de la agricultura de subsistencia y fomentar, con apoyo real, emprendimientos juveniles que agreguen valor a los recursos locales: agroindustria artesanal, turismo rural comunitario, servicios técnicos y digitales. Es crucial facilitar el acceso a recursos clave: tierras ociosas bajo usufructo para jóvenes, microcréditos con avales comunitarios y asesoría técnica continua. El Decreto-Ley 56 sobre el Trabajo por Cuenta Propia abre un marco legal que debe ser aprovechado con creatividad y apoyo local.
En segundo lugar, es urgente reconectar la formación con el territorio. La capacitación debe ser práctica, pertinente y enfocada en habilidades demandadas: gestión de negocios, marketing digital y técnicas agroecológicas mo
En las comunidades rurales de la provincia de Cienfuegos, una pregunta resuena con preocupación creciente en los hogares: ¿qué futuro laboral espera aquí a nuestros jóvenes? Lejos de ser un problema meramente económico, la crisis del empleo juvenil rural representa una encrucijada que amenaza la sostenibilidad demográfica, el tejido social y la identidad misma de estos asentamientos.
Como ilustra el caso de la comunidad Horquita, en el municipio de Abreus, los jóvenes se encuentran atrapados en una paradoja: un profundo apego a su tierra natal choca frontalmente con la ausencia de oportunidades para desarrollar un proyecto de vida digno y realizador.
Investigaciones recientes revelan que la problemática trasciende la falta de puestos de trabajo. Se trata de un fenómeno multidimensional donde convergen factores estructurales. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) han alertado sobre cómo los jóvenes rurales enfrentan sistemáticamente mayores barreras para acceder a empleos de calidad, una realidad que se agudiza en nuestro contexto.
Uno de los nudos más críticos es la desconexión entre la formación y las oportunidades locales.Los jóvenes rurales cienfuegueros acceden hoy a niveles educativos sin precedentes, pero el sistema educacional, según señalan investigaciones del Centro de Estudios de la Juventud, no siempre les proporciona las herramientas pertinentes para innovar y emprender en sus propias localidades. Se forman para economías y sectores que no existen en su territorio, generando frustración y un sentido de inutilidad del conocimiento adquirido.
Paralelamente, la brecha digital actúa como un muro infranqueable. En un mundo donde el acceso a Internet es sinónimo de acceso al conocimiento, a mercados y al teletrabajo, muchas de nuestras comunidades rurales carecen de conectividad confiable y asequible. Esta desconexión, como documenta la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (ETECSA) en sus informes provinciales, no solo los aísla de oportunidades laborales emergentes, sino que amplifica todas las demás desigualdades.
La situación se complejiza con persistentes inequidades de género. Las jóvenes rurales cargan, según diagnósticos participativos, con una desproporcionada responsabilidad en el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, lo que limita severamente su tiempo, movilidad y posibilidades de formación y empleo formal. Además, enfrentan estereotipos que restringen su participación a ciertos sectores considerados “femeninos”, tradicionalmente menos remunerados.
Este escenario alimenta un ciclo de migración forzada. Cuando las aspiraciones de autonomía, realización personal y progreso económico no encuentran cauce en el territorio, la salida se convierte en la única estrategia viable percibida. Investigadores de la Universidad de Cienfuegos, han documentado cómo esta fuga de capital humano joven y capacitado desangra a las comunidades, acelerando el envejecimiento poblacional y comprometiendo su futuro productivo.
Finalmente, subyace un problema de gobernanza y participación. Los jóvenes expresan, en consultas y entrevistas, una sensación generalizada de que sus voces son escuchadas en formales espacios de consulta, pero rara vez influyen en las decisiones concretas sobre inversiones, programas o políticas que afectan directamente su porvenir. Esta falta de agencia política profundiza el desencanto y la desconfianza en que el cambio sea posible desde dentro.
Tejiendo alternativas: rutas para un futuro con raíces
Frente a este panorama complejo, no bastan soluciones simples o recetas importadas. El camino, como sugiere la evidencia de experiencias piloto y el clamor de los propios jóvenes, requiere de estrategias integrales, participativas y profundamente contextualizadas.
La primera ruta pasa por impulsar un desarrollo económico endógeno y diversificado. Esto significa ir más allá de la agricultura de subsistencia y fomentar, con apoyo real, emprendimientos juveniles que agreguen valor a los recursos locales: agroindustria artesanal, turismo rural comunitario, servicios técnicos y digitales. Es crucial facilitar el acceso a recursos clave: tierras ociosas bajo usufructo para jóvenes, microcréditos con avales comunitarios y asesoría técnica continua. El Decreto-Ley 56 sobre el Trabajo por Cuenta Propia abre un marco legal que debe ser aprovechado con creatividad y apoyo local.
En segundo lugar, es urgente reconectar la formación con el territorio. La capacitación debe ser práctica, pertinente y enfocada en habilidades demandadas: gestión de negocios, marketing digital y técnicas agroecológicas mo