7 de febrero, Día de la Concienciación del Síndrome de Ménière
El otorrinolaringólogo Manuel Estévez, en su consulta. / José Lores
Vértigos repentinos, zumbidos y pérdida de audición fluctuante. Estos los síntomas del síndrome de Ménière, un trastorno crónico del oído interno que tiene un fuerte impacto en la vida personal, profesional y social de quien la padece. La periodista y escritora Carme Chaparro la hizo visible hace unos años, cuando dio a conocer su diagnóstico. Con motivo del Día de la Concienciación del Síndrome de Ménière, que se celebra el 7 de febrero, los pacientes hacen un llamamiento a la sociedad y a las instituciones para visibilizar esta enfermedad invisible, fomentar la empatía social y avanzar hacia un mayor reconocimiento sanitario e institucional de las personas afectadas.
Pese a que se trata de un trastorno relativamente frecuente -se calcula que en España afecta a 75 personas por cada 100.000 habitantes- el síndrome de Ménière es poco conocido y los especialistas consideran que está infradiagnosticado. Según el doctor Manuel Estévez, otorrinolaringólogo del Hospital Álvaro Cunqueiro de Vigo y experto en este trastorno, este infradiagnóstico responde fundamentalmente a dos factores. El primero es que actualmente el diagnóstico se basa en esa triada de síntomas -crisis repentinas y recurrentes de vértigo, acúfenos ipsilaterales (zumbidos) ipsilaterales e hipoacusia neurosensorial- y muchos pacientes no la presentan desde el inicio. «A veces pasan años hasta que aparecen todos los síntomas», explica el especialista, miembro de la Sociedad Española de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello (SEORL-CCC) y de la Sociedad Gallega de Otorrinolaringología (SGO). El segundo es que la sintomatología puede confundirse con otras entidades como la migraña vestibular o enfermedades autoinmunes, lo que dificulta el diagnóstico inicial.
En los últimos años, sin embargo, la resonancia magnética ha adquirido un papel activo en el diagnóstico de la enfermedad de Ménière gracias al desarrollo de nuevas técnicas. Según el doctor Estévez, mediante protocolos específicos con gadolinio intravenoso, se puede visualizar el hidrops endolinfático, la base fisiopatológica de la enfermedad. Hasta hace poco, la resonancia tenía un papel exclusivamente excluyente: servía para descartar otras causas, como el neurinoma del acústico o schwannoma vestibular, un tumor benigno del nervio vestibular, pero no para confirmar el diagnóstico.
«Con esta técnica, actualmente es posible detectar signos compatibles con enfermedad de Ménière en aproximadamente el 85 % de los pacientes con diagnóstico clínico establecido. Además, hasta un 20 % de pacientes asintomáticos pueden presentar hallazgos radiológicos compatibles, lo que abre la puerta a diagnósticos más precoces. Aunque la resonancia aún no está incluida formalmente en los criterios diagnósticos oficiales, es muy probable que lo esté en futuras revisiones, dado el peso creciente de la evidencia científica», subraya.
Los esfuerzos actuales en investigación se centran en mejorar las técnicas de resonancia para hacerlas más rápidas y cómodas, así como en el desarrollo de nuevos contrastes y secuencias que permitan un diagnóstico aún más precoz y preciso.
Según el doctor Estévez, este avance tiene enormes implicaciones prácticas: permite diagnosticar pacientes con una clínica incompleta, por ejemplo, con una única crisis de vértigo sin hipoacusia ni acúfenos; facilita el diagnóstico precoz antes de que aparezca daño auditivo irreversible, y ayuda a identificar casos de enfermedad bilateral antes de que el segundo oído se vuelva sintomático. «Esto último es especialmente relevante, ya que condiciona el tratamiento. En pacientes con afectación bilateral potencial, se evita el uso de gentamicina intratimpánica, que puede producir pérdida auditiva, y se opta por tratamientos más conservadores, como los corticoides», matiza.
Con una incidencia anual de unos 10 casos nuevos por cada 100.000 habitantes, este trastorno afecta con mayor frecuencia a mujeres -en una relación de dos a uno- y suele aparecer entre los 40 y 60 años, en plena etapa de actividad laboral. El especialista destaca que el impacto del trastorno de Ménière sobre la calidad de vida es enorme. «Las crisis son impredecibles y profundamente incapacitantes. Tras las crisis, pueden quedar con una inestabilidad residual que dura días, impidiéndoles caminar con normalidad. Existen, además, crisis bruscas de caída (crisis otolíticas o de Tumarkin), en las que el paciente sufre una pérdida súbita del equilibrio sin vértigo previo, con riesgo importante de traumatismos. Por ello, muchos pacientes presentan ausencias laborales frecuentes, desarrollan miedo a salir de casa y abandonan su vida social», detalla.
El manejo de la enfermedad ha cambiado radicalmente en las últimas década
El otorrinolaringólogo Manuel Estévez, en su consulta. / José Lores
Vértigos repentinos, zumbidos y pérdida de audición fluctuante. Estos los síntomas del síndrome de Ménière, un trastorno crónico del oído interno que tiene un fuerte impacto en la vida personal, profesional y social de quien la padece. La periodista y escritora Carme Chaparro la hizo visible hace unos años, cuando dio a conocer su diagnóstico. Con motivo del Día de la Concienciación del Síndrome de Ménière, que se celebra el 7 de febrero, los pacientes hacen un llamamiento a la sociedad y a las instituciones para visibilizar esta enfermedad invisible, fomentar la empatía social y avanzar hacia un mayor reconocimiento sanitario e institucional de las personas afectadas.
Pese a que se trata de un trastorno relativamente frecuente -se calcula que en España afecta a 75 personas por cada 100.000 habitantes- el síndrome de Ménière es poco conocido y los especialistas consideran que está infradiagnosticado. Según el doctor Manuel Estévez, otorrinolaringólogo del Hospital Álvaro Cunqueiro de Vigo y experto en este trastorno, este infradiagnóstico responde fundamentalmente a dos factores. El primero es que actualmente el diagnóstico se basa en esa triada de síntomas -crisis repentinas y recurrentes de vértigo, acúfenos ipsilaterales (zumbidos) ipsilaterales e hipoacusia neurosensorial- y muchos pacientes no la presentan desde el inicio. «A veces pasan años hasta que aparecen todos los síntomas», explica el especialista, miembro de la Sociedad Española de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello (SEORL-CCC) y de la Sociedad Gallega de Otorrinolaringología (SGO). El segundo es que la sintomatología puede confundirse con otras entidades como la migraña vestibular o enfermedades autoinmunes, lo que dificulta el diagnóstico inicial.
En los últimos años, sin embargo, la resonancia magnética ha adquirido un papel activo en el diagnóstico de la enfermedad de Ménière gracias al desarrollo de nuevas técnicas. Según el doctor Estévez, mediante protocolos específicos con gadolinio intravenoso, se puede visualizar el hidrops endolinfático, la base fisiopatológica de la enfermedad. Hasta hace poco, la resonancia tenía un papel exclusivamente excluyente: servía para descartar otras causas, como el neurinoma del acústico o schwannoma vestibular, un tumor benigno del nervio vestibular, pero no para confirmar el diagnóstico.
«Con esta técnica, actualmente es posible detectar signos compatibles con enfermedad de Ménière en aproximadamente el 85 % de los pacientes con diagnóstico clínico establecido. Además, hasta un 20 % de pacientes asintomáticos pueden presentar hallazgos radiológicos compatibles, lo que abre la puerta a diagnósticos más precoces. Aunque la resonancia aún no está incluida formalmente en los criterios diagnósticos oficiales, es muy probable que lo esté en futuras revisiones, dado el peso creciente de la evidencia científica», subraya.
Los esfuerzos actuales en investigación se centran en mejorar las técnicas de resonancia para hacerlas más rápidas y cómodas, así como en el desarrollo de nuevos contrastes y secuencias que permitan un diagnóstico aún más precoz y preciso.
Según el doctor Estévez, este avance tiene enormes implicaciones prácticas: permite diagnosticar pacientes con una clínica incompleta, por ejemplo, con una única crisis de vértigo sin hipoacusia ni acúfenos; facilita el diagnóstico precoz antes de que aparezca daño auditivo irreversible, y ayuda a identificar casos de enfermedad bilateral antes de que el segundo oído se vuelva sintomático. «Esto último es especialmente relevante, ya que condiciona el tratamiento. En pacientes con afectación bilateral potencial, se evita el uso de gentamicina intratimpánica, que puede producir pérdida auditiva, y se opta por tratamientos más conservadores, como los corticoides», matiza.
Con una incidencia anual de unos 10 casos nuevos por cada 100.000 habitantes, este trastorno afecta con mayor frecuencia a mujeres -en una relación de dos a uno- y suele aparecer entre los 40 y 60 años, en plena etapa de actividad laboral. El especialista destaca que el impacto del trastorno de Ménière sobre la calidad de vida es enorme. «Las crisis son impredecibles y profundamente incapacitantes. Tras las crisis, pueden quedar con una inestabilidad residual que dura días, impidiéndoles caminar con normalidad. Existen, además, crisis bruscas de caída (crisis otolíticas o de Tumarkin), en las que el paciente sufre una pérdida súbita del equilibrio sin vértigo previo, con riesgo importante de traumatismos. Por ello, muchos pacientes presentan ausencias laborales frecuentes, desarrollan miedo a salir de casa y abandonan su vida social», detalla.
El manejo de la enfermedad ha cambiado radicalmente en las últimas década