Cuando Madrid prohibió los mirones en las obras: los bandos municipales más curiosos y polémicos de su historia

De la chispa que prendió el motín de Esquilache a la pluma irónica de Tierno Galván, los alcaldes de Madrid gobernaron a golpe de edicto para regular la vida cotidiana y el orden público.

Madrid-05/02/2026 21:40-Actualizado a06/02/2026 08:00

Prohibido escupir, hablar con el conductor o jugar a la pelota, pero también mirar las obras públicas, echar agua con jeringas durante el carnaval o utilizar sombrero de ala ancha. Durante siglos, los alcaldes de Madrid han gobernado a golpe de bando municipal para regular la vida cotidiana y el orden público de la ciudad, aunque algunas normas fueron tan polémicas que provocaron revueltas.

Fue el caso del motín de Esquilache, que tuvo lugar en 1766 cuando el marqués que bautizó el levantamiento popular vetó el uso de prendas que podrían facilitar esconder armas y ocultar el rostro de una persona, pese a que el verdadero motivo fue el hambre que sufría la población y la carestía del pan. Quien fuese "embozado con capa larga, montera, sombrero o gorro calado" para evitar ser reconocido lo pagaría con una multa o con la cárcel, aunque al final el rey Carlos III perdonó a los sublevados y destituyó al ministro Esquilache.

Tres siglos antes, el alcalde Diego Fernández de Gudiel ordenó regalar a otro monarca, Juan II de Castilla, un oso por dotar a Madrid de un hospital para pobres en los jardines del Campo del Moro. El obsequio venía acompañado de un domador, quien desapareció tras maltratar al animal, cuenta el periodista Ángel del Río en el libro Se hace saber… (La Librería), obra póstuma del Cronista Oficial de la Villa donde recupera algunos de los edictos tan curiosos como el que persiguió a los pierdetempistas en 1930.

¿Y cómo puede un transeúnte perder el tiempo? Ayer y hoy, mirar una obra siempre ha sido un clásico. Con la construcción del Palacio de la Prensa o el edificio de Telefónica en la Gran Vía habían proliferado los mirones, muy aficionados a los trabajos en el metro, pero el alcalde José María de Hoyos —el apellido tiene guasa— perdió la paciencia durante la pavimentación de las calles Fuencarral y Toledo, harto de que su presencia entorpeciese el trabajo de los obreros, hasta el punto de que amenazó con multarlos en un bando.

El alcalde Pedro Rico prohibió a los taxistas recibir propinas. Sin embargo, le salió el tiró por la culata cuando instaló en las calles unas papeleras "de aspecto achatado y redondeado por la base" que, según la revista Crónica, solo servían para que "los borrachos lo emplean como poste de amarre, con preferencia al farol, porque no hay necesidad de manchar el suelo" y "los terroristas, para dejar sus bombas". Como el regidor era un señor orondo, el pueblo de Madrid bautizó las papeleras como pedritos por su razonable parecido.

Hablando de taxis, José Luis Martínez Almeida aprobó en 2021 una ordenanza que impedía a los taxistas usar camisas de flores o estampadas, aunque más sorprendente fue el artículo que informaba en 2008 de que Alberto Ruiz-Gallardón prohíbe llevar calcetines blancos con zapatos por las calles de Madrid. Con falda o pantalón corto, la multa ascendía a 300 euros. Y si solo se veían cuando se remangasen los pantalones, bajaba a sesenta. Para no perjudicar el turismo, los extranjeros podían combinar calcetines blancos con sandalias. Lógicamente, la noticia, publicada el día de los Santos Inocentes, era falsa.

Dentro del capítulo escatológico, pese a la prohibición de arrojar aguas y estiércol a la calle, algunos comerciantes y artesanos colocaban mantas en la entrada de sus negocios para evitar la lluvia de desperdicios. Y ante el bando firmado por el alcalde José Osorio y Silva en 1863, que castigaba con veinticinco pesetas a quien orinase en la calle, alguien difundió esta cuarteta: "¡Cinco duros por mear! / ¡Caramba qué caro es esto! / ¿Cuánto querrá por cagar / el señor duque de Sesto?".

Muy polémicas fueron las sucesivas órdenes de obligar a los madrileños a alojar a los funcionarios reales, aunque a partir del siglo XVI encontraron un subterfugio, la casas a la malicia, una trampa arquitectónica para que las viviendas pareciesen más pequeñas y, así, burlar la regalía de aposento. Y qué decir de los bandos que animaban a las gentes a acudir a las ejecuciones en la plaza Mayor de los condenados a muerte por la Inquisición, "rogando la máxima asistencia de grandes y pequeños".

Capítulo aparte merecen los edictos cívicos, irónicos y literarios de Enrique Tierno Galván, también recogidos por Ángel del Río en Se hace saber… bandos y órdenes curiosas y polémicas de los alcaldes de Madrid, como aquel en el que amenazaba a los conductores con la "aplicación de la sagaz industria de la grúa, que permite transportar un coche a cuestas de otro, ingenioso método que los madrileños odian". Si quieren conocer los perniciosos efectos de los "estivales calores" o los peligros del Mundial de 1982, no se p
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